Un macho no nace, nosotras los criamos y empoderamos (políticamente incorrecto)

Por Carmina Capistrán

Un día mi madre me regañó porque mi marido traía una camisa arrugada y sin un botón. La miré, incrédula, pues ella siempre nos aconsejaba no dejarnos “mangonear” por ningún hombre.

Es su ropa, le contesté, así que él debe hacerse cargo de ella, no yo. No me respondió nada, pero casi veía los engranajes de su mente trabajando forzadamente para programarse otra vez como feminista. Creo que el comentario machista le salió del alma, de aquella en donde la cultura machista ya está bien enraizada. Es difícil deshacerse de una tradición añeja.

Yo no soy feminista. Creo en la igualdad de derechos y responsabilidades, creo que antes que ser mujer u hombre, somos personas. Y también creo que hombres y mujeres no somos iguales: yo no tengo pene, ellos no tienen vagina, yo chorreo sangre cada mes, ellos no, yo puedo llevar a un hijo en mi vientre, pero no lo puedo procrear sola. Ellos, muchos de ellos, pueden cargar objetos pesados, yo tengo un límite.

Pero si yo puedo cuidar de un bebé (aprender a cargarlo, darle de comer, consolarlo, cambiarle pañales, etcétera), ellos también. Si ellos pueden poner una instalación eléctrica, cambiar el gas, prender el calentador o cambiar la llanta de coche, yo también. De hecho, hasta podría aprender a construir una pared si me lo propongo, digo, si mi vocación fuera la de albañil.

A nivel físico somos diferentes, pero en el plano intelectual, mental y hasta sentimental, podemos llegar a ser iguales. Ellos tienen lagrimal, igual que nosotras, entonces, ¿por qué no usarlo sin que les digan “mariquitas”?

El machismo es una serpiente que se muerde la cola, es un círculo vicioso que nosotras las mujeres creamos, criamos y empoderamos. Y todo empieza al elegir el azul para la ropa del niño varón y se continúa con la elección de juguetes. Mi hija me preguntó hace días que si era malo que a ella le gustara jugar con trenes y espadas, le contesté que no, que ella podía jugar con lo que quisiera, siempre y cuando no fuera riesgoso.

Siempre he tratado se enseñarle que ella es tan capaz como un hombre, que el género no determina sus habilidades, no en el plano físico, pero el entorno se ha encargado de ponérmela difícil: ahora me pide que le ponga aretes y se niega a traer el pelo corto por temor a las burlas.

Y en ese entorno nos encontramos mujeres y hombres, todos contribuyendo a empoderar a los machos, pero más nosotras cuando les decimos a nuestros hijos varones que el llanto, el color rosa, las muñecas, las cocinitas y tener miedo es cuestión de niñas.

Nosotras somos las culpables al criar machos y años más tarde nos quejamos de que nos pegan, de que no contribuyen con el cuidado y manutención de los hijos, de que nos son infieles (cuando le pasaste por alto la primera infidelidad, pensando que iba a cambiar), de que no cocinan ni un huevo (cuando nosotras nos apurábamos por tener la comida a tiempo) y mucho menos cosen, lavan o planchan su ropa.

Les enseñamos a las niñas un rol muy diferente del de los niños. Ellas aprenden a lavar, coser, planchar, barrer, hacer la comida y a criar bebés. Pensemos en los juguetes Neonatos de la empresa Distroller, unos pequeños bebés a los que las niñas tienen que cuidar y procurar como si fueran bebés reales.

Una compañera de mi hija, que tiene 9 años, ya los tiene y no se separa de ellos para nada. Los lleva a la escuela, a la gimnasia (sí, mi hija como toda niña va a la gimnasia y en la clase solo hay niñas, como debe ser, ¡ja!), al restaurante, a donde sea que vaya y se toma el tiempo para revisarlos, taparlos o acomodarlos en sus pequeñas cunitas (que se compran por separado, ¡excelente negocio!).

Mi hija ya me los pidió y yo como toda no feminista y en contra del machismo, dije que no. Le di una explicación larga y lo más clara que pude, pero creo que ella solo escuchó el no. No ha insistido y yo, triunfante, siento que me anoté un punto, pero sigue ahí el entorno y sé que si no estoy atenta, la va a engullir. Tampoco quiero enseñarle a elegir los extremos: no feminista, no promachista, no radical.

El rol del niño, por su parte, es no llorar nunca y en esa enseñanza también aprende el significado (más o menos) de “mariquita”, gay, “puto” y la definición peyorativa y subvalorada de niña. Le enseñamos que ser débil, llorar, agarrar una escoba, lavar los trastes, planchar, cocinar, usar colores pastel y querer una muñeca, es de niñas y que no hay nada de orgullo en ello.

Le aplaudimos cuando golpea a otro niño, pues demuestra su “hombría”, nos enorgullecemos cuando besa a una niña, ¡claro, mi hijo va a ser todo un conquistador!, aplaudimos cuando logra subirse a un árbol dejando atrás a las niñas o cuando en una carrera sale vencedor y a las niñas les decimos “No te preocupes, de por sí los niños son más veloces”.

Les enseñamos a las niñas a ser conformistas y a los niños a ser vencedores. A ellas les ponemos límites, a ellos los forzamos a dar siempre más, pues ser un perdedor también es de niñas. En la cuna empieza el machismo y lo perpetuamos cuando nos apuramos por plancharle la camisa a nuestro marido, por tenerle su comida preferida, haciendo malabares con los quehaceres del hogar y nuestro trabajo fuera de casa.

Nosotras, mujeres, empoderamos a los hombres al enseñarles y tragarnos la idea de que ellos son los únicos proveedores, mermamos nuestra propia capacidad de ser empresarias, emprendedoras, directoras y nos conformamos con estar a la sombra, no solo aceptando los límites autoimpuestos, sino que abrazándonos a ellos y perpetuándolos.

Sin embargo, no todo es negativo. “Estamos avanzando”. En la actualidad hay muchas mujeres que salen a trabajar, que son empresarias, emprendedoras, directoras y además, llegan a su casa a lavar, planchar, cocinar, cuidar a los niños y hacer las tareas con ellos. ¡Claro, desaparecer el machismo lleva tiempo!, máxime cuando lo traemos grabado en el alma.

Este “gran avance”, que muchos llaman feminismo (y yo lo llamo perspectiva errónea de nosotras las mujeres, es decir, queremos liberarnos, pero nunca nos pusimos a planear bien el asunto), solo nos ha traído mucha carga de trabajo, más que cuando solo éramos madres y amas de casa, odios gratuitos (¿quién ama a las feministas?) y estigmatización: ¡maldita feminista, te lo mereces por querer liberarte!

Así que, mujer, no te quejes del machismo si tú misma lo has creado (y criado) como tu zona de confort. Dime si no es muy cómodo esperar a que tu macho proveedor te dé dinero, te cambie la llanta del coche (que él te compró), prenda el calentador, arregle la instalación eléctrica y te compense, además, en la noche con un intento de orgasmo.

¡Claro que es cómodo!, pues dime a qué mujer le gustaría pedir el divorcio y lanzarse a la vida de madre soltera malabarista que debe trabajar y al mismo tiempo criar a sus hijos. O, a qué mujer le gustaría no casarse y vivir en la soledad por el resto de sus días, la soledad no es buena para nadie, así que mejor búscate a un macho y vive feliz por siempre, como en los cuentos de hadas que les leemos a los niños: él es un héroe, ella una frágil doncella.

 

Carmina Capistrán, especialista en lenguaje y semiótica.

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