Tu valor como persona

Tu éxito no debe depender del engaño y la mentira

Cada vez más nos estamos acostumbrando a sentir y reconocer nuestro valor como personas en función de las posesiones intelectuales, financieras, materiales o el reconocimiento social. No está mal que sea así. En esta forma también seguimos esa propuesta evangélica: “Por sus obras los conoceréis”.

Ahora bien, por desgracia, no siempre es posible fiarse de las apariencias o de las “posesiones”. Simultáneamente vivimos en una época en la que parece que “todo” se puede comprar con dinero e incluso robar, imitar, usurpar o copiar descaradamente por medio de la tecnología.

Necesitamos aclarar, una vez más, cómo encontrar el punto de equilibrio en este sentido y la adecuada coherencia entre lo que “somos” y “tenemos”, entre nuestros auténticos valores y los falseados para obtener prestigio y dinero, en detrimento de otros.

 

Recientemente vi una película de animación sobre costumbres y tradiciones mexicanas. En ella aparece una crítica muy directa, como parte de la trama central, a quienes se enriquecen ilícitamente, obteniendo fama y gran influencia social a costa de traicionar la amistad y el valor de las personas que son auténticamente creativas, que actúan de corazón, pero que terminan siendo olvidadas por la mala fe o el abuso de otras.

Las apariencias engañan. Y nos seguirán engañando hasta que seamos capaces de ver con claridad lo que hay en el corazón y la mente de las personas y no solo en sus “cifras de mercado”. Nos seguiremos engañando a nosotros mismos, negándonos a reconocer lo que de verdad importa en nuestras vidas.

Conozco muchas personas rodeadas de riqueza material, de dinero e incluso con grandes “clubes de fans” que se sienten solas y con grandes carencias afectivas detrás de la máscara. Algunas de ellas también son actualidad en la “prensa rosa”.

Vivir desde la coherencia con nuestros valores profundos, sin generar contradicciones o guerras en nuestro interior, resulta de vital importancia para nuestro rendimiento en todos los ámbitos de la vida. Todos lo experimentamos, casi diariamente. Cuando sentimos algo, lo deseamos, lo planificamos y lo cumplimos, nos llenamos de una intensa sensación de satisfacción, independientemente de que otras personas lo vean o no.

 

El problema se encuentra cuando íntimamente nos creemos poco valiosos o incapaces de llegar a las metas que deseamos. En realidad, todos somos valiosos y capaces, aunque necesitemos aprender a pulir y expresar adecuadamente nuestros valores, ante nosotros mismos y los demás. Pero si nos dejamos convencer por nuestros miedos, incertidumbres y opiniones ajenas, podemos terminar convertidos en “ladrones ricos y famosos”, “miserables olvidados” o cualquier mezcla y proporción intermedia entre tales extremos.

En cualquier caso, sea por la “justicia divina”, el “karma” o cualquier otra explicación, lo que tiende a ocurrir es que un gran desequilibrio entre el vacío interior y la abundancia exterior suele romper la estabilidad de la vida humana; nos destruye a través de enfermedades físicas o mentales, dependencias tóxicas o soledad.

Podemos tomar como referencia el caso de Howard Hughes, cuyo vacío interior le llevó a una autodestructiva paranoia o “trastorno obsesivo-compulsivo”, a pesar de ser un hombre brillante en otros sentidos. Tal vez nunca se permitió vivir la grandeza de su corazón. Su agudeza mental para los negocios se desmoronó ante una terrible carencia afectiva que no pudo resolver a pesar de rodearse de las mujeres más guapas de Hollywood.

 

 

Hay también muchos casos entre “estrellas” de la pantalla o de la canción, destruidas por sus adicciones. Destruidas por tratar de llenar el vacío interior con “cosas” o sustancias que pudieran pagar con dinero. Solo citaré algunos casos que aparecen documentados por la prensa internacional: Heath Ledger, Marilyn Monroe, Cory Monteith, Michael Jackson, Elvis Presley, Anna Nicole Smith. Otros más no llegaron a cumplir 30 años: Amy Winehouse, Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Robert Johnson, Brian Jones y Kurt Cobain.

En las referencias anteriores, hubo valores personales que no llegaron a equilibrarse bien. Pero también hubo casos en los que algunas personas “brillaron” arrebatando valores ajenos, incluso siendo capaces de destruir, directa o indirectamente, a sus propios hijos para alcanzar supuestas metas de éxito.

En los extremos puede verse el llamado “crimen organizado” o los “narcos”. No obstante, hay muchos otros menos conocidos y que se encuentran entre los procesos de “espionaje industrial”, la ambición política o la apropiación indebida de textos, publicaciones o investigaciones que se saltan los “derechos de autor”.

Hace poco, una amiga me dijo que había estado en un curso sobre el éxito profesional. El ponente, en un momento determinado, preguntó a las personas asistentes: “¿Qué prefieren honestidad o éxito?” Y a continuación de esta pregunta retórica llegó la sentencia: “Si quieren triunfar, mientan”. Yo me pregunto ¿será que soy un iluso ignorante? ¿Será que realmente eso es así? ¿Qué sentido tiene entonces educar en valores?

 

Pero no es mi intención denunciar o acusar sino reflexionar sobre nuestros auténticos valores. Si somos capaces de reconocerlos, de reconocernos en ellos, nos daremos cuenta de que la “corrupción”, los “abusos”, la “mentira” o la “delincuencia” no son necesarios. Lo que sí resulta imprescindible es que dejemos de vernos a nosotros mismos de forma tan “miserable” o “ruin” que lleguemos a pensar que la única forma de generar riqueza (material, intelectual, afectiva o de cualquier otro tipo) es robándosela a otros.

Es lamentable que sigamos alimentándonos con pobreza interna cuando en realidad cada ser humano es grandeza y abundancia plena. Solo necesitamos, insisto, conocernos mejor y reconocer nuestros auténticos valores, ser coherentes con estos y no dejarnos engañar por opiniones ni apariencias. De esta forma lograremos terminar de construir un mundo mejor.

Por Juan Antonio López Benedí Ph.D

juanbenedi@gmail.com

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Juan Antonio López Bened

Juan Antonio López Benedí Filósofo, doctor en hermenéutica, escritor inquieto y polifacético que en los últimos años se ha especializado en temas muy diversos como los sueños, la hipnosis y la risa. Sus cursos de riso-terapia, sus seminarios sobre los sueños y la actividad docente en el campo de la hipnosis son conocidos en todo el mundo.

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