La constante búsqueda de la felicidad puede traernos infelicidad

La búsqueda de la felicidad es uno de los objetivos que tendemos a asumir fácilmente como propios, en relación con nuestra presencia y desarrollo en el mundo. Con esa idea en la cabeza, nos esforzamos día a día por alcanzar lo imposible. Queremos parecer más jóvenes, ganar más dinero, vivir una vida plena y destacar en aquello que, normalmente, hemos aprendido a identificar como “bueno”. Tal orientación se ha convertido en uno de los pilares de la llamada “sociedad de consumo”. Siendo la base de esta última que “todo se compra y se vende”.

Como consecuencia de esto hemos ido identificando la búsqueda de la felicidad con el logro constante de metas, objetos y servicios ajenos, que de una u otra forma se nos ofrecen como asequibles “por un precio moderado”, pero constante. Precisamente por ello, por esa necesidad de hacer pagos continuamente para todo “lo bueno”, hace mucho tiempo que también el dinero, ganar cada vez más dinero, se convirtió en uno de nuestros objetivos vitales.

De forma paralela, muchas religiones y filosofías nos advierten desde hace milenios del peligro de confundir nuestras metas por el camino. Esta confusión, desde las diferentes creencias, tradiciones y culturas, ha sido principalmente la de creer que la riqueza interior se corresponde con la exterior. La búsqueda de la felicidad relacionada con la posesión de algo, tangible o intangible, así como la perfección constante en relación con ello mismo se ha ido convirtiendo, paradójicamente, en el principal motivo de nuestra infelicidad.

Ya Sócrates, a quien en su tiempo (siglo V antes de Cristo) se consideraba “el hombre más sabio de Atenas” a consecuencia de un oráculo del templo de Delfos (Grecia), afirmaba que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Casi en la misma época, Buda recomendaba en sus enseñanzas que no buscáramos la felicidad en el exterior, sino en nosotros mismos, purificando y controlando nuestra mente por medio de la práctica sincera del Budadharma.

En nuestros días, una de las preguntas fundamentales que se plantea la llamada “psicología positiva” es: “¿cuál es la mejor vida que podemos vivir“”. Si tenemos en cuenta que tal orientación se concentra en la optimización de nuestros recursos personales, podría establecerse una diferencia con los llamados movimientos de “autoayuda”, asociados superficialmente con alguna de aquellas tradiciones espiritualistas antiguas, de Oriente y de Occidente.

En ellos se presenta la sugerencia de una vida perfecta, para aspirar a vivirla. Pero estudios recientes realizados en centros de investigación, como la Universidad de Yale, la de Denver y la de Jerusalén, plantean algo curioso: “Las personas que quieren sentirse más felices pueden elegir entre una multitud de libros que les guíen sobre cómo hacerlo. Sin embargo, fijar una meta de la felicidad puede ser contraproducente”, asegura June Gruber1.

Del mismo modo, Tal Ben-Shahar2, afirma que “la búsqueda de la perfección es el principal motivo de nuestra infelicidad”. Como él dice, “para alcanzar la felicidad debemos disfrutar del éxito, apreciarlo, agradecerlo y aceptar el mundo tal como es”.

Tenemos muy asumida la idea de la felicidad como logro vital. Sin embargo, se trata de algo bastante reciente, como explica el historiador Darrin McMahon en Una historia de la felicidad (Taurus, 2005). Tal concepto procede de la Ilustración, del siglo XVIII.

En relación con el tema que nos ocupa, la “cosificación” de los elementos que constituyen actualmente nuestra idea de la felicidad y su logro, debido a esa necesidad de cuantificar para poner un precio asequible a nuestros anhelos, puede tener consecuencias inesperadas. No se trata solo del hecho de que su búsqueda incesante nos lleva a la frustración, como vimos en las propuestas de la psicología positiva, sino de algo mucho más grave. Tal vez estemos perdiendo por el camino el sentido de la humanidad, como consecuencia de la mecanización, “objetualización” o tecnificación de nosotros mismos.

Las Naciones Unidas, en relación con el desarrollo humano, plantean que es mucho más que el crecimiento o caída de los ingresos de una nación. El desarrollo se centra en ampliar las opciones que tienen las personas para llevar la vida que valoran, es decir, en aumentar el conjunto de cosas que pueden ser y hacer en sus vidas. Para ello deberían generarse capacidades adecuadas en torno a los siguientes conceptos:

1.- Llevar una vida larga y saludable

2.- Educación

3.- Nivel de vida digno

La meta del desarrollo humano, en el ámbito de las Naciones Unidas, es la libertad. Las personas deben tener la posibilidad de llevar a cabo sus opciones de vida y participar en las decisiones que les afectan en su entorno social.

Lanzo pues la pregunta: ¿estamos siendo consecuentes con el desarrollo y la esencia humana para evitar convertirnos en robotsé Un robot sería quien carece de voluntad y capacidad de decidir por sí mismo. Será muy respetable que haya quienes decidan renegar de su humanidad conscientemente, pero deseo poner el énfasis en que este último hecho (dejar de ser humanos) no se realice por error o ignorancia. Porque las conexiones entre la humanidad y la tecnología, visible e invisible, es decir, a través de mecanismos o consignas de pensamiento estandarizado, es ya un hecho.

Por ejemplo, una persona a la que se le haya implantado un marcapasos para regular la actividad de su corazón, podría considerarse ya un cíborg. Esto se debe a que sería incapaz de sobrevivir sin ese componente mecánico-electrónico. Aunque, si mantenemos nuestra sensibilidad, consciencia, razón crítica y voluntad, tal simbiosis resulta de gran ayuda. Pero hay muchos otros casos, casi tan antiguos como la humanidad, en los que algunas personas no pueden sobrevivir sin elementos de pensamiento o creencias ajenos. A este tipo de seres humanos se les suele considerar “fanáticos”: persona que no solo defiende una idea o creencia con intensa pasión, sino que la antepone a su propia existencia.

Por último, se encuentran quienes no pueden sobrevivir sin el respaldo afectivo de otras personas, ya sea positivo o negativo. Estos individuos, con una autoestima prácticamente inexistente, pueden convertirse en tiranos o vampiros emocionales de su entorno, maltratadores físicos o psicológicos, independientemente de su sexo y condición socioeconómica. En estos casos podríamos considerar que tal vez no hayan logrado alcanzar el humanismo de manera suficiente y por ello se tiende a considerarlos inhumanos, cuando su maltrato hacia los demás queda claramente constatado.

En lo relacionado con la biología, según se acepta hoy por hoy en la visión mayoritaria de la comunidad científica, nuestra condición obedece a un programa genético producto de la evolución de la especie. Sin embargo, se hace evidente que en nuestra existencia se da un procedimiento importantísimo: el aprendizaje. Este es el que nos permite caracterizar el sentido de desarrollo que resulta a su vez fundamental en la vida humana. Podemos y necesitamos aprender cosas, rutinas o habilidades para convertir en un hecho concreto nuestro potencial humano. ¿Apuestas por la humanidad o prefieres prescindir de ella“

Juan Antonio López Benedí

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juanbenedi@gmail.com

NOTAS: 1 Investigadora de la Universidad de Yale, directora de la investigación y también directora del Laboratorio de Psicología y Emociones Positivas. La investigación fue publicada por Perspectives on Psychological Science, una revista de la Association for Psychological Science.

2 Profesor de Psicología Positiva y Psicología del Liderazgo en la Universidad de Harvard y autor, entre otros, del libro La búsqueda de la felicidad de Alianza Editorial, 2011 y Elige la vida que quieres de Alianza Editorial, 2014.

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Juan Antonio L“pez Bened

Juan Antonio López Benedí Filósofo, doctor en hermenéutica, escritor inquieto y polifacético que en los últimos años se ha especializado en temas muy diversos como los sueños, la hipnosis y la risa. Sus cursos de riso-terapia, sus seminarios sobre los sueños y la actividad docente en el campo de la hipnosis son conocidos en todo el mundo.

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